«Por lo que a mí toca, no guardaré silencio;
la angustia de mi alma me lleva a hablar,
la amargura en que vivo me obliga a protestar» (Job 7:11).
Oh, si tan solo Job hubiese sabido, cuando se sentó en ceniza, con el corazón angustiado con el pensamiento de la providencia de Dios, que millones a lo largo de la historia habrían de mirar atrás a sus tribulaciones, se habría armado de valor para que su experiencia hubiera ayudado a otros a través del mundo.
Nadie vive para sí, y la historia de Job es como la suya y la mía, solo que la de él quedó escrita para que todos la conocieran.
Las aflicciones que Job enfrentó y las pruebas con las que luchó son las cosas por las cuales lo recordamos y sin ellas probablemente jamás habríamos leído de él en la Palabra de Dios.
No sabemos las pruebas que nos esperan en los días que tenemos por delante.
Es posible que no seamos capaces de ver la luz a través de nuestras pruebas, pero podemos creer que esos días, como en la vida de Job, serán los más importantes que se nos llame a ¿Quién no ha aprendido que, a menudo, nuestros días más tristes son los mejores?
El alma que está siempre alegre y risueña se pierde las cosas profundas de la vida. Es cierto que esa vida tiene su recompensa y es plenamente satisfecha, pero sus satisfacciones no tienen profundidad.
Su corazón es sumamente pequeño y su naturaleza, la cual tiene el potencial de experimentar las grandes alturas y las grandes profundidades, se mantiene sin desarrollar…
Recuerde lo que dijo Jesús: «Dichosos los que lloran» (Mateo 5:4). Cuando más brillan las estrellas es en las largas noches oscuras del invierno. Y las flores silvestres de genciana muestran sus colores más hermosos en las alturas casi inaccesibles de las montañas de nieve y hielo.
Dios pareciera usar la presión del dolor para llevar a cabo el cumplimiento de sus promesas y liberar los más dulces néctares de su lagar. Solo aquellos que han conocido las tristezas pueden apreciar plenamente la inmensa ternura del «varón de dolores» (Isaías 53:3).

