«Tan pronto como empezaron a entonar este cántico de alabanza, el SEÑOR puso emboscadas contra los amonitas, los moabitas y los del monte de Seír que habían venido contra Judá, y los derrotó» (2 Crónicas 20:22).
¡Si solo nos lamentáramos menos por nuestros problemas y cantáramos y alabáramos más! Hay miles de cosas que nos atan que pudieran transformarse en instrumentos de música si solo supiéramos cómo hacerlo.
Piense en aquellos que consideran, reflexionan y sopesan los asuntos de la vida y que siempre están estudiando los interiores misteriosos de la providencia de Dios, preguntándose por qué tienen que llevar cargas tan pesadas y se oponen y combaten en cada frente.
Cuán diferentes serían sus vidas y cuánto más gozo experimentarían si solo pudieran detener su tendencia al egoísmo y a pensar en ellos mismos, y en su lugar exaltar cada día sus experiencias con Dios, alabándole por ellas.
Es más fácil cantar para que se vayan las preocupaciones que razonar con ellas. ¿Por qué no cantar en la mañana? Piense en las aves. Son las primeras en cantar cada día y son las que menos preocupaciones tienen entre todos los seres creados.
Y no olvide cantar en la noche, que es lo que hacen los petirrojos cuando han finalizado sus labores del día. Una vez que han hecho su último vuelo del día y reunido el último poco de comida, buscan la copa de un árbol desde donde cantan un himno de alabanza.
¡Oh, si pudiéramos cantar por la mañana y por la noche, ofreciendo canción tras canción en una continua alabanza al Creador a lo largo de nuestro día!

